El despertar. Una amistad para siempre (de Francisco J. Calvo)

El Despertar, de Francisco J. Calvo (Arte y cultura en la Bética)

EL DESPERTAR

Una amistad para siempre

Érase una vez un joven cazador llamado Daniel que salió cierto día con su escopeta para intentar probar fortuna; pues, no se puede decir que tuviera mucha puntería. Siempre apuntaba en cuanto veía una bandada de pájaros, pero como era un poco miope, cuando terminaba de apuntar ya estaban demasiado lejos. Sin embargo, ese día iba a ser muy diferente. Por fin iba a acertar.

Salió por la mañana temprano portando su gran zurrón de piel de cabra, en el que llevaba de todo; del cuerpo le colgaban dos cananas entrecruzadas repletas de cartuchos y tenía la cabeza cubierta con un estrafalario sombrero coronado con un gran penacho de plumas. Le acompañaba su buen amigo, Hueso. Un gran perro de raza adiestrado para la caza.

Daniel, como solía hacer, se apostó en la orilla del lago para esperar la bajada a descansar de algún grupo de patos o de gansos. Al cabo de un corto periodo de tiempo la cosa parecía sonreírle. Hacia él se acercaba una bandada de pájaros que habían estado bebiendo en el otro extremo del lago. Sin dudarlo ni un momento comenzó a apuntar, esta vez estaba seguro, estaban muy cerca; pero quería asegurarse más, así que esperó un poco y disparó. Un ruido seco, fuerte, y la lluvia de perdigones que, como muy pocas veces pasaba, vio acertar en el cuerpo de un pequeño pajarillo.

¡Corre, Hueso! —alentó a su fiel amigo—. ¡Tráelo aquí! ¡Vamos!

Hueso parecía comprender. Saltaba y brincaba de alegría mientras corría hacia donde había caído el pajarillo. Pero al llegar nada encontró; solamente el gran árbol que se podía ver desde todo el bosque y desde todo el lago. Cuando llegó el joven cazador agachó su cabeza desilusionado mientras pensaba: «Una vez que acierto y cae el trofeo en la copa de un árbol». Pero en verdad no fue así. En verdad, lo que sucedía, fue que la magia del bosque quiso que viviera tan tierno pajarillo.

Cuando fue alcanzado Volatín (así se llamaba el pajarillo) en el ala iba con sus padres para visitar a sus parientes: las espátulas que habitan en Doñana. Iba jugando y revoloteando junto con sus primas y sus hermanos. Pero el plomo dañó las plumas de la punta de una de sus alas y cayó sin poderlo remediar. Sus padres y familiares hicieron por socorrerle pero sabían que no le podían ayudar. Como él quedó casi inconsciente por el susto que se llevó, todos creyeron que estaba muerto. Pero no era así. Y el pobre Volatín iba a quedar solo ante el fiero sabueso. ¿O no sería así? La verdad es que sintió como un suave aterrizaje; cosa extraña, pues no podía volar.

¡Oye, pequeño! —le comentó una voz ronca susurrándole—. ¡No hagas ruido! ¿Me oyes?

Él estaba todavía un poco aturdido por la caída, pero, aun así, preguntó:

¿Quién eres? ¿Qué quieres?
¡Silencio! ¡Cállate! —le susurró de nuevo la voz—. No querrás que te oiga el cazador, ¿verdad?

El pobre Volatín, dolorido y muy cansado del viaje, desfalleció y entró en un profundo sueño que duró un buen rato, hasta que fue despertado de nuevo por el sonido susurrante, como una voz que le hablaba:

—¡Pajarillo, pajarillo!

Al fin se despertó y preguntó:

¿Dónde estoy? ¿Quién eres?
Te hablo yo, el árbol. No te preocupes, yo soy tu amigo.
—¿Y mis padres? ¿Y mi familia? —preguntó Volatín.
Debieron creer que el disparo te alcanzó de lleno y siguieron su camino —le contestó.
¿Y ahora qué voy a hacer? ¡Era mi primer viaje y no sé el camino hasta la casa de mis parientes! —comenzó a sollozar el joven pajarillo.

«Pobrecito —pensó el árbol—. Cree que puede volar y no sabe que hasta que no recupere las plumas del ala no podrá levantar el vuelo. Trataré de consolarlo y protegerlo».

Los días pasaron rápidamente y el gran árbol le cedió a Volatín una pequeña oquedad que hacía ya tiempo había taladrado un hermano picapino en su costado. La amistad entre el árbol y su huésped, Volatín, aumentaba día a día. El árbol lo elevaba con sus ramas para que intentara fortalecer sus alas, pues, Volatín no cesaba en su intento de ir a buscar a sus padres; pero todo era inútil, tenía dañadas dos plumas y no podía volar, sólo fortalecerse hasta que las repusiera.

Con el tiempo llegó el otoño y, con él, el gran árbol comenzó a perder su majestuoso color verde. Poco a poco se desgarraba su frondosa copa. Volatín no lo entendía, por mucho que el gran árbol se lo trataba de explicar.

Mira, Volatín —le decía—, no te preocupes. Cada año, por esta fecha, me echo un largo sueño.

Pero era aquí donde el gran árbol fallaba en su explicación, pues los padres del joven pajarillo le habían hablado del gran sueño que es el eterno y donde todos se encontrarían.

Por fin, ya muy avanzado el otoño, salió Volatín a revolotear un poco por encima del lago, pues ya había repuesto las plumas dañadas. Cuando volvía de su ansiado paseo alado observó que su gran amigo ya no le respondía. Pensó lo peor y se entristeció mucho.

Pero el tiempo seguía pasando y, con él, llegó el frío. Nuestro amiguillo comenzó a sentir nostalgia; primero, de su añorada familia; y segundo, de aquellos maravillosos días en que había sido cuidado y aconsejado por su gran amigo. Fue entonces cuando comenzó a recordar y, siguiendo sus palabras, llevó parte de las hojas que había dejado en libertad su consejero a la oquedad donde tenía su nido. Con ellas y con limo recubrió las paredes y el suelo para resguardarse del frío y con ramitas tejió una pequeña cortinilla para cerrar la entrada. Durante todo el otoño estuvo recogiendo semillas que lo ayudarían a pasar el invierno. Éste no fue muy frío y nuestro pequeño pajarillo pasó toda la etapa invernal recordando, en el nido de la oquedad de su dormido amigo, los buenos momentos que habían vivido juntos.

Él nunca había visto la nieve, pero todo pasa y así, la etapa del frío y la nieve también se fue. Poco a poco fue viendo cómo el lago volvía a tener su aspecto, cómo sus vecinos, los conejitos, volvían a pasear cada vez más a menudo fuera de su cubil.

Una mañana, cuando volvía de darse un buen baño, para poder limpiar sus plumas y volar con agilidad, oyó una voz que le era muy familiar:

—Oye, Volatín. ¿Y ese invierno? ¿Cómo ha ido?
¡Eres tú! —contestó Volantín asustado.
Sí, soy yo. El gran árbol. ¡Qué buena siesta me he echado! ¿Qué hay de tu vida, chico?
¡Bien, bien! —gritó él alborotado—. Pero, ¿no habías…?
—¿Muerto? ¡No, qué va, pequeño amigo! Es un corto sueño de tres o cuatro meses. Todos los años lo echo.
—¡Ah! ¡Qué bueno que estemos juntos de nuevo!
Pero amigo, pronto te espera otra sorpresa.
¿Mejor que ésta? ¡No creo! He recuperado a mi mejor amigo.

Ambos vivieron juntos durante unos meses más. Cierto día pasaron unas bandadas de pájaros y Volatín se sintió apenado por la pérdida de su familia. Pero… no duró mucho… porque… ¡qué feliz! ¡Qué feliz se sintió Volatín cuando a la mañana siguiente, mientras se daba su baño matinal, vio posarse en el lago a un grupo que le era conocido! ¿En verdad le era conocido? Sí, como no; era su deseada familia, que volvía a su tierra para pasar el verano. Qué inmensa alegría sintió su gran amigo cuando vio que el joven pajarillo se despedía porque, gracias a sus cuidados y consejos, podía volver sano y salvo con su familia. Y, sobre todo, porque sabía que, dos veces al año, la bandada de su amigo volvería a pasar por allí y podría echar un buen rato con su gran amigo del corazón: Volatín.

Acceso a «La Primera Cruzada: el origen de la Orden del Temple», de Francisco Calvo

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